Quiero mi sexo

El País. LUZ SÁNCHEZ-MELLADO 24/01/2010
Son adolescentes y jóvenes transexuales. Sí, existen. La cátedra de Transexualidad de la Universidad Libre de Ámsterdam, santuario de los especialistas, habla de un diagnóstico cada 11.900 varones y uno cada 30.400 mujeres. Los nuevos transexuales no son ni más ni menos que antes, pero presentan diferencias respecto a las generaciones anteriores. Disponen de toda la información sobre su síndrome -la relevante, la accesoria y la basura- a un clic de ratón. Cuentan con un grado de apoyo familiar inaudito hace años. Y gozan de derechos adquiridos, posibilidades por las que los mayores pelearon y ellos dan por supuestas. La Ley de Identidad de Género de 2006 permite cambiar de nombre y sexo en el Registro sin tener que acreditar cirugía de reasignación sexual. Y el Catálogo 2006 de Sanidad acepta de hecho, al no excluirla, la atención a las personas transexuales en el Sistema Nacional de Salud.
Si la cifra de menores transexuales es aproximada, la de mayores no lo es menos. Pero el efecto de la Ley de Identidad de Género es evidente. En 2004 se autorizaron dos cambios de sexo registral en España. En 2007 hubo 19. Y de enero a septiembre de 2009, últimos datos disponibles, fueron 39. Uno de los últimos fue Lucas Peralbo. Uno de los primeros de 2010 será David.
Lucas y David tampoco se conocen, pero también son almas gemelas. Ambos tienen 20 años. Ambos viven en Madrid. Ambos nacieron mujeres. Ambos se sienten hombres. Y ambos son pacientes de Becerra. Los dos cuentan historias tan similares que parece que se han puesto de acuerdo. Los dos se empeñaban en orinar de pie desde que recuerdan. Los dos detestaban faldas y muñecas. Los dos creían que eran chicos y jugaban y vivían como tales hasta que, “con 10 o 12 años”, empezaron a brotarles los pechos y -la aborrecida prueba definitiva- les vino la menstruación. A ambos, admiten, se les cayó el mundo encima cuando -reglamentaria exploración en Internet mediante- atisbaron el vía crucis que les esperaba. Los dos, que nunca estuvieron en el armario porque jamás ocultaron “su naturaleza”, cayeron “en el pozo”. Y a los dos, admiten, les sacaron de él sus propias madres. “A hostias”, precisa David, gráfico.
David y Lucas acudieron con ellas al hospital Ramón y Cajal, sede de la UTIG de Madrid, y tuvieron que esperar a los 18 años para iniciar la terapia hormonal. Parches o píldoras de testosterona que, en el caso de David, le han procurado un exuberante vello “a lo X-Men”, y en el de Lucas, la fina perilla que perfila su mandíbula. David, cajero de supermercado e hijo de porteros, lleva 18 meses de terapia. Cuenta los días para poder operarse. El calendario impone. Una mastectomía para librarse de los senos. Una histerectomía para quitarse útero y ovarios y, el peldaño final y más difícil, una faloplastia -creación en su zona genital de un pene realizado con piel y músculo de su brazo- para poder orinar de pie y tener relaciones sexuales completas con ayuda de una prótesis.
Lucas, teleoperador hijo de una limpiadora y un empleado de aeropuerto, podría operarse ya. Lleva más de dos años de terapia hormonal y su cuerpo está preparado. Su mente, no tanto. Se quitó enseguida las mamas -”en un cirujano privado, por 4.500 euros, para dejar de estrujármelas bajo fajas de neopreno”-, pero “lo de abajo” es otra cosa. Le da pavor. Tiene tal asco a sus genitales femeninos que sólo la palabra citología le da arcadas. No quiere oír hablar de ellos. Muchísimo menos tocarlos. Lucas, nacido Laura, dice no haber tenido un orgasmo en su vida. “Nunca me he tocado, me repugna el hecho de pensar en esa parte, ni permito que mis parejas me toquen”.
-¿Y qué sacas de tus relaciones sexuales?
-El placer de satisfacer plenamente a una mujer como el hombre que soy.
-¿Y tú?
-Yo a veces me aburro, para qué nos vamos a engañar. Pero no me quejo. Estoy en el camino. Todo llegará, supongo.
Suena duro. Durísimo. Seguro que lo es. Pero estos chicos no transmiten infelicidad. Al contrario. Rezuman una mezcla de euforia, realismo y esperanza. Ahí está Álex, la artista, y su éxito con los chicos, acreditado por sus amigos. “Cuando llega la hora de la verdad, digo lo mío, y hasta ahora no he sufrido rechazo, la gente es educada. Otra cosa es encontrar pareja”. O Lucas y su narcisismo súbito: “No me canso de mirarme al espejo. Ahora me gusto, por fin me veo como me siento”. O Alejandra y el descaro de sus 15 años: “Aún no lo he hecho del todo. Esperaré a tener mi vagina. Pero rollos, sí, claro. No hace falta decir nada. De noche todos los gatos son pardos”, pontifica, precoz. Están en la edad. Tienen pavo doble, o triple. El cronológico, el que les proporciona el colocón de hormonas, y el subidón que les produce empezar a vivir como sienten.
Tampoco engañan a nadie. Todos llevan su cuota de sufrimiento encima. Casi todos -David, Lucía, Alejandra- prefieren “morir en el quirófano” a vivir en una cárcel, su propio cuerpo, “una vida que no es vida”. Algunos, como Lucas, sienten lo suyo como “una putada de la naturaleza”. Y eso que los chavales que aquí aparecen están hiperseleccionados. Se han reconocido como transexuales. Han pedido ayuda. Están en tratamiento. Tienen apoyo familiar. Y el suficiente coraje para contar su historia al mundo. Los problemas, que los tienen, y muchos, les hacen fuertes. Los informes médicos no valen en la calle ni en el patio del colegio. “Claro que me insultan”, confiesa tierna y procaz Lucía. “Cuando empecé a ir de chica, como estoy buena, había alguna que me gritaba: ?¡Lucía tiene rabooo!?. Pero yo me volvía tranquila y contestaba: ?Cállate, hija de puta?. En esto, si te achantas, te hunden. Y a mí no me hunde nadie. Tengo ovarios, aunque no los tenga”. Y ahí está David, que los tiene y los abomina, capaz de lucir “las barbas de Bin Laden” y una insignia con el nombre de Verónica cobrando a las señoras en el súper.






