Texto de la pieza “Everything I need” de Matthew Buckingham en el Reina Sofía
Matthew Buckingham. Representantes del tiempo, en el Reina Sofía
Del 1 de julio al 27 de septiembre de 2009
Primera muestra individual en España del artista americano Matthew Buckingham (Nevada, Iowa, 1963), Representantes del tiempo reúne una amplia gama de obras, en una variedad de medios: obras escultóricas, fotográficas y audiovisuales. En total, quince trabajos que nos hablarán de cómo utilizamos la memoria, tanto privada como pública, para definir el momento presente.
El trabajo de Buckingham es en gran parte resultado de la investigación de personajes y topónimos históricos. Se trata de instalaciones de vídeo que muestran imágenes, textos y biografías. Por otra parte, el tema del viaje es también motivo recurrente en su obra, mediante vídeos que conducen al espectador a diferentes ciudades y paisajes.
De ello darán muestra en la exposición piezas como “Everything I need” (2007). Se trata de una instalación de doble proyección en color y con sonido, que trata del regreso de la psicóloga y escritora Charlotte Wolff a Berlín en 1974. En 1933, Wolff tuvo que emigrar a París y a Londres, tras ser arrestada por la Gestapo por vestir ropas masculinas y ser acusada de espía. El viaje de regreso a Berlín de Wolff fue de altísima relevancia para el movimiento feminista y lésbico en el Berlín de los setenta.
Esta es la traducción del texto de la pieza “Everything I need”:
Título: “Todo lo que necesito”
Mientras estaba inmersa en estos pensamientos, una voz dijo,
“Señoras y señores, el capitán ha apagado la señal de “mantengan abrochados los cinturones”.
Pueden levantarse de sus asientos.
El capitán apagará la señal de no fumar en breve.
Los pasajeros sentados en la sección de fumadores, desde la fila ocho hasta la catorce, podrán fumar a partir de ese momento.
Los baños se encuentran en la clase turista, en la parte trasera de la cabina.
La duración de este vuelo de Berlín a Londres será de una hora y cincuenta y cinco minutos.
Volaremos sobre Hanover, Münster y Rotterdam, y al llegar a Inglaterra avistaremos la isla de Foulness.
Antes de aterrizar distribuiremos los formularios de entrada y las declaraciones de aduanas y cuarentena…
…necesarios para entrar en el Reino Unido.
Cada pasajero debe completar el formulario pertinente dependiendo de su nacionalidad, pasaporte y visado.
Hoy es 10 de abril de 1978”.
Mi pasaporte alemán caducó en mayo de 1938.
No tenía otra opción que acudir a la Embajada Alemana en Londres.
A pesar del trato humillante recibido, me renovaron el pasaporte por un año.
Pero decidí que prefería ser una persona sin patria antes que tener la nacionalidad equivocada.
Renuncié a la ciudadanía alemana y conseguí un Pasaporte Nansen, el “pasaporte de los refugiados”.
Documento de los indocumentados.
En 1947 obtuve el certificado en virtud del cual me convertía en ciudadana del Reino Unido e Irlanda del Norte.
Me convertí en una judía internacional con un pasaporte británico.
Nunca pensé que volvería a utilizar ese pasaporte para volver a Berlín.
Me había repetido a mí misma una y otra vez que me había ido de Alemania para siempre.
Si traduzco los nombres del alemán al inglés, crecí en la “Ciudad de los Gigantes” cerca del “Río Amor”.
Más tarde me mudé con mis padres a Danzig o Gdansk.
Todavía era una adolescente la primera vez que fui a Berlín.
Conseguí que mi madre me llevase con la excusa de consultar a un médico especialista en sinusitis.
La verdadera razón de querer ir era para conocer a una chica llamada Lisa.
Me había enamorado de su fotografía dos años antes cuando me la enseñó un amigo.
Durante esos dos años llevé una doble vida.
Pasaba los días de forma mecánica como una colegiala más, mientras mi vida real sucedía en mi imaginación.
Fantaseaba con Lisa día y noche.
Cuando finalmente nos conocimos supe que estaba enamorada de ella, no de su fotografía.
Pasamos el siguiente verano juntas, pero mis padres me prohibieron un tercer viaje ese invierno.
Así que empecé a coger pequeñas cantidades de dinero del monedero de mi madre todas las semanas, y me fui a Berlín en secreto.
Una nunca sabe cuál es la verdadera razón de sentirse atraída por otra persona.
No tenía modelos para hacer el amor.
Nunca había oído el término “homosexualidad”.
Experimenté la atracción sin miedo ni etiquetas.
Los besos me producían la mayor excitación.
Nos besábamos en todo momento.
Cuando nos acostábamos, nuestras piernas se entrelazaban mientras nuestras bocas se fundían en una.
Nunca Nadie cuestionó mi amor por las mujeres.
No sentía ninguna culpa. No hacía falta fingir.
Los prejuicios de la sociedad no me afectaban porque no era consciente de ellos.
Incluso de pequeña pensaba que mi ropa no era la correcta.
Le pedía a mi padre que me comprase ropa de chico.
Y, nunca sabré por qué,
pero mi padre anunció el feliz acontecimiento de mi nacimiento a mi tío por teléfono con las palabras:
‘Ya está aquí mi niño.’
Mi tío me contó esa historia y me dijo “Siempre has sido un chico camuflado”.
Mi tío fue uno de los pocos de nuestra familia que sobrevivió.
Empezó a prepararse para irse de Alemania justo después de la Primera Guerra Mundial.
Por el contrario, mis padres y yo estábamos adormecidos ante los acontecimientos que transformaban nuestro país.
Mi idioma era el alemán.
Las imágenes formadas por mi mente procedían de personas y libros alemanes.
Ni siquiera el asesinato del Ministro de Exteriores, Walter Rathenau, me preocupó especialmente.
Mis únicas preocupaciones eran mis estudios, mi poesía y, en aquel momento, Lisa.
La poesía y los estudios fueron el centro de mi amistad con Walter Benjamin.
Le conocí cuando empecé la Facultad de Medicina en Berlín.
Publicamos juntos nuestras traducciones de Baudelaire en ‘Vers und Prosa.’
Y durante la hiperinflación de 1923-24, cuando mis padres quisieron que dejase la Universidad,
me acompañó a Danzig para convencerles de que debía quedarme en Berlín.
Mis padres se dieron por vencidos, impotentes.
Pero en realidad fue el estipendio que Dora Benjamin consiguió de un médico holandés lo que me permitió continuar en la Universidad
Las personas que no encajan en los estereotipos tienen un extraño don para reconocerse las unas a las otras.
El Berlín de la República de Weimar era un paraíso para los homosexuales, que disfrutaban de las libertades prohibidas en sus países de origen.
El nuevo gobierno abolió el párrafo 175 del Código Penal Alemán que prohibía la homosexualidad.
En1935 dicho párrafo fue restituido y ampliado.
Dichos cambios se mantuvieron después de 1945, lo que hizo imposible que los homosexuales supervivientes exigiesen indemnizaciones.
Hoy en día, el Código Penal de Alemania Occidental conserva una versión reducida del párrafo 175.
Íbamos a los cafés de lesbianas, al Verona Diele y a veces al Top Keller.
En el Top Keller bailábamos al son de una ‘misa negra’ de medianoche bajo la atenta mirada de una mujer alta y masculina con un sombrero negro.
Teníamos todo lo que podíamos desear.
¿Quiénes éramos nosotras y todas esas otras jóvenes de los años veinte que parecían saber tan bien lo que querían?
No necesitábamos ayuda para liberarnos de la dominación masculina.
Éramos libres casi cuarenta años antes de que comenzase el Movimiento de Liberación de la Mujer en América.
Pero la historia de las mujeres de la clase trabajadora es otro asunto.
El esnobismo era una constante en la República de Weimar a pesar de su aparente defensa de los valores socialistas.
Como joven medico, tuve que despojar mi impenetrable piel de persona celosa de su intimidad.
Acabé involucrada en los problemas sociales y de salud de los otros.
Trabajaba en un Centro de Salud Público de Berlín situado en Neukölln.
Allí atendía a mujeres embarazas junto con otras médicos.
También trabajé en la primera clínica de control de natalidad de Alemania.
Me divertía la contradicción de vigilar embarazos por las mañanas e impedirlos por las tardes.
Hacerme ilusiones me hacía sentir segura.
Mi primera relación duradera con una mujer fue con Kathrine.
Estuvimos juntas durante nueve años y compartimos un apartamento en Südwestkorso.
La lucha callejera entre comunistas y fascistas estalló en 1930 y1931.
El director de mi clínica decidió que estaría más segura en un trabajo menos público.
Kathrine me dejó en 1932 después de que su padre la convenciera de que jugaba con fuego al compartir su vida con una judía.
Al año siguiente, todos los judíos que trabajábamos para el gobierno fuimos notificados de que debíamos dejar nuestros trabajos.
Descubrí que una de mis compañeras de la clínica era miembro del partido Nazi desde 1924.
Probablemente había estado informando sobre nosotras todos esos años.
El día después de perder mi trabajo fui en metro a despedirme de mis compañeros.
Un agente de la Gestapo me arrestó.
Más indignada que asustada, quise saber por qué.
“Eres una mujer vestida de hombre, y una espía”, dijo.
Me llevó ante otro agente que me reconoció como la médico de su mujer.
Me dejó marchar.
Tres días después registraron mi apartamento en busca de bombas.
Decidí irme.
Mis vecinos y amigos me rogaron que me quedara, prometiendo que me protegerían.
Informé a Katherine por teléfono de mi marcha a París.
Prometió acudir a la estación.
Esperé.
Unos instantes antes de la salida del tren apareció, era la imagen misma de la salud y la belleza.
“Bon voyage” dijo “y no dejes de volver dentro de cinco años”
¿Cómo pude estar tan ciega?
¿Cómo no pude ver la diferencia entre yo misma y los otros alemanes, en vez de pensar que era una de ellos?
Fuera de Alemania no reconocían mi título de medicina.
Antes de dejar Berlín, había hecho un curso de quiromancia, o “lectura” de manos, para médicos.
Para mí la mano era como un mapa y podía servir como herramienta para el diagnóstico.
En París unos amigos me presentaron a esos anarquistas de élite, los Surrealistas.
“Leí” las manos de André Breton.
Los Surrealistas decían que extraía conocimientos de lo irracional.
Me convertí en una “quiróloga inquieta” que se ganaba la vida “leyendo” la mano de los famosos y la aristocracia.
Al mismo tiempo intenté desarrollar una quiromancia científica propia.
El mundo que me había dado el lenguaje ya no era mi mundo.
Dejé de hablar alemán,
y empecé a temer que Francia fuese invadida.
Publiqué mi primer libro sobre las manos y me preparé para mudarme de nuevo, esta vez a Londres.
Allí se me permitió ejercer como psicoterapeuta.
No recuperé mi derecho a llamarme doctora hasta 1952.
Nunca echaré raíces en Inglaterra.
Fui, y sigo siendo, una forastera, y ni puedo ni quiero cambiar esta situación.
Observo los acontecimientos que ocurren en Inglaterra con la misma empatía que siento por mis pacientes.
En 1961 escribí un ensayo sobre la homosexualidad femenina y más tarde un libro, “Love Between Women” (amor entre mujeres), basado en mi investigación.
Más que sentir, lo que anhelaba entonces era conocer el amor entre mujeres.
No creo en el término “lesbiana”.
Es demasiado específico y describe un tiempo y un lugar al que no pertenece en exclusiva.
Empecé mi trabajo con cautela. Convertir una forma natural de vivir y amar en objeto de estudio es un acto carente de sensibilidad.
Sin embargo, la sociedad ha creado los artefactos distorsionados de “hombre” y “mujer” y la falsa separación entre los sexos debe cambiar.
La mujer homosexual es feminista porque es libre de la dependencia emocional del hombre.
El feminismo es transformar a la mujer de artefacto en individuo.
Por lo tanto, también la liberación del hombre será una necesidad en el futuro.
Tiene que transformarse en lo que debería ser: una persona bisexual.
Sólo una sociedad bisexual puede liberarnos del sexismo.
En realidad son los que se hacen llamar heterosexuales los que tienen un problema.
Ellos son los que han respondido con mayor fuerza a los criterios de masas a lo largo de la historia.
Berlín ha sido una quimera desde 1933, desde el momento en que, de pié en la estación de Zoologischer Garten, esperaba el tren que me llevaría a París.
Nunca se me pasó por la cabeza que la quimera se convertiría un día en un sueño agradable.
Las mujeres y los hombres homosexuales sienten una gran añoranza por su historia.
El año pasado, un grupo de lesbianas de Berlín, L74, me invitó a leer parte de mi obra en la Biblioteca Americana en Berlín.
“¡Los setenta se encuentran con los veinte!”, es el nuevo lema de los jóvenes alemanes.
Y no sólo de los homosexuales.
Quieren volver a la Alemania que una vez fue un modelo de libertad.
Decidí poner punto final a décadas de rechazar todo lo alemán y acepté.
Pero antes de salir hacia el aeropuerto el miércoles, pensé en cancelar el viaje.
¿A qué Alemania volvía?
Hay una larga lista de fechas que se han convertido en hitos o señales que describen diferentes “Alemanias”.
1848,
1871,
1914,
1917,
1918,
1923,
1933,
1939,
1945,
1949,
1952,
1961…
Tras el abarrotado laberinto de Heathrow, el aeropuerto de Tegel actuó como un tranquilizante.
Vislumbré dos caras sonrientes, Ilse y Sabine, de L74.
Hicimos una parada en la pensión situada en Kurfurstendam, y después fuimos a Kreuzberg para la reunión semanal de L74.
Las edades de las mujeres iban desde los treinta hasta por encima de los ochenta.
Enfermeras, maestras, profesoras de Universidad, economistas.
Una había sido concejala en la República de Weimar.
Querían saber sobre las lesbianas y sus organizaciones en Londres.
Les conté todo lo que sabía,
en alemán.
Algunas integrantes de un grupo de estudiantes lesbianas llamado Centro de Acción de Lesbianas también estaban allí.
Eran más agresivas y escépticas, pero me invitaron a su siguiente reunión.
Cuatrocientas personas vinieron a mi presentación en la Biblioteca Americana el viernes.
Una sensación de intimidad invadió el cálido auditorio apenas iluminado.
La atención que me presto el público me hizo sentir como una persona diferente.
Había vuelto a Berlín para leer sobre mi vida y mi obra a jóvenes alemanas.
La noche siguiente, en el Centro de Acción de Lesbianas, a las estudiantes les faltó tiempo para hacerme el “interrogatorio”.
Querían saber si tenía un auténtico vínculo sentimental con otra mujer.
Aprobé su examen de camaradería y las preguntas saltaban caprichosamente de lo general a lo personal.
Su creencia generalizada en el conductismo me resultó difícil de tolerar, pero la noche terminó de forma amistosa.
Me siento parte de las mujeres alemanas de nuevo.
Pero la ciudad de Berlín me confunde.
No conseguí comprender donde habían “ido a parar” todas las calles.
“¿Por qué ha encogido Berlín?”, le pregunté a un taxista.
“Es el muro”, respondió.
En muchos sitios lo único que queda es el nombre.
Cuando la vida se relega al olvido, todavía puede recordarse por su nombre.
Me reconfortó imaginarme el bar homosexual situado bajo Bülowbogen, donde me había divertido tanto bailando como una loca.
Pero la frustración se burla de la imaginación y la memoria.
¿Por qué sentía la necesidad de deambular sin descanso por estas calles?
En Charlottenburg empecé a caminar más y más rápido hasta que de repente me “vi” a mí misma hace cuarenta y cuatro años,
Corriendo por esa misma calle abajo hacia la casa de Lisa.
Me detuve. ¿Qué estaba buscando?
Ayer fui al nº 53A de la calle Südwestkorso donde Katherine y yo vivimos juntas.
No sentí ningún vínculo con la calle o la casa.
Pero observe la parada de autobús cercana con sumo interés.
Estaba donde siempre había estado, donde había esperado tantas veces.
Sentí el impulso de acercarme.
Cerré los ojos.
Caras familiares de desconocidos volvieron a mi mente.
Gente que no conocía, pero que reconocía. Gente que una vez estuvo allí, esperando.
Pero, ¿qué esperábamos?
Fue en este mismo lugar en 1933 donde me di cuenta con horror de que no esperábamos la misma cosa en absoluto.
Que para mí la espera sería una catástrofe.
Aquí fue donde tome la decisión de salir de Alemania lo antes posible.
Cada día veinte mil aviones llevan a dos millones de personas a sus destinos.
Hoy, mientras viajo de vuelta a Londres desde Berlín, soy una de las ochenta mil personas, desconocidos y amigos, que en este momento se encuentran suspendidas en el aire esperando llegar a algún sitio.
Cuando estudié con Edmund Husserl en Friburgo antes de empezar la Facultad de Medicina en Berlín,
nos dijo que contemplásemos el mundo “de nuevo”, con nuestra propia mente y nuestros propios ojos.
Todavía lo sigo haciendo, pero con más cuidado si cabe.
Contemplad y rezad.
Contemplad, y contemplad mucho más de lo que rezáis, por supuesto.
Contemplad, contemplad.
Todo el mundo debe ser una criatura política.








